Con el mes de septiembre comenzamos un nuevo curso y puede ser el momento para reiniciar una de las tareas que está vinculada a la autonomía personal y a la inclusión social: mantener activa en las personas con discapacidad intelectual la capacidad de elegir ante las diversas opciones que se presentan en la vida cotidiana. Algo tan sencillo y a la vez tan importante como seleccionar la ropa que prefiero para salir hoy, escoger lo que me gusta para el postre, decidir lo que me apetece hacer esta tarde, es decir, ser protagonista en los diversos momentos de mi vida.
Una de las cosas más valiosas que tenemos los seres humanos es la capacidad de decidir. Todos constatamos que al final del día hemos resuelto situaciones cotidianas mediante decisiones de forma casi instantánea. Algunas decisiones son irrelevantes, otras más importantes, pero todas terminan influyendo en nuestro estado de ánimo y en el protagonismo de nuestra vida autónoma.
Lo que tenemos que tener claro es que la capacidad de decidir se aprende y se alimenta día a día. La toma de decisiones es el proceso mediante el cual se realiza una elección entre diferentes opciones, ante situaciones distintas o frente a diversas actividades que son gratificantes para mí, pero que no puedo disponer de ellas a la vez. La toma de decisiones consiste, básicamente, en elegir una opción entre las disponibles, a los efectos de resolver una situación que me afecta, que me interesa o que interfiere en las relaciones con los demás.
Para las personas con discapacidad intelectual es muy importante aprender a tomar decisiones, porque tiene una relación directa con la vida autónoma, ya que cuando una persona decide lo que quiere, demuestra que sabe seleccionar lo que prefiere y renunciar a lo que no le interesa. Pero a las personas con discapacidad todavía se les niega poder decidir por sí mismas, porque siguen presentes prejuicios e ideas erróneas sobre sus capacidades y porque son pocos los apoyos que reciben y escasos los recursos disponibles para que decidan en ámbitos familiares, asociativos y sociales. Sin embargo, aprender a tomar decisiones es promover la vida autónoma y allanar el camino para la inclusión social. No es tarea fácil, pero es posible si cambiamos algunas formas de comunicación con estas personas en la vida cotidiana. Entre otras señalo tres:
1. Preguntar qué desean hacer. Para las personas con discapacidad, ser escuchadas significa ser importantes, ser valoradas, sentir que son tenidas en cuenta.
2. Sugerir qué hacer sin obligar. Dejar hacer, aun a riesgo de que se equivoquen porque es la oportunidad de que se sientan útiles y poder corregir si algo sale mal.
3. Apoyar y reconocer lo que hacen. Nada motiva más en la vida que las cosas bien hechas por uno y valoradas por otros. Por eso la conduta valorada tiende a repetirse.
El gran enemigo de este estilo de comunicación se llama sobreprotección, un exceso de celo en el cuidado y en la atención a la persona con discapacidad que lleva a hacerles lo que ni solicitan ni necesitan. Esto sucede cuando pensamos que siguen siendo eternos infantes y desconfiamos de sus capacidades. No olvidemos que la autonomía de la persona con discapacidad crece con los apoyos que se les presta y disminuye con la protección con la que se les trata. Tomar decisiones no es fácil, habrá equivocaciones y no acertarán, pero será una oportunidad para aprender y descubrir los errores facilitando que en la próxima ocasión se tome la decisión correcta.
¿Qué beneficios aporta a la persona con discapacidad tomar decisiones, elegir lo que le interesa, seleccionar lo que le importa? Son muchos, pero resalto tres que están relacionados con la autonomía personal y la inclusión social:
1. Afecta a la propia estima, la autoestima, al experimentar que soy capaz de hacer las cosas que me interesan por mí mismo. Que valgo, que puedo, que sirvo.
2. Alimenta la estimulación cognitiva, al tener que escoger entre situaciones diferentes, entre diversas opciones, entre distintos estímulos, con lo que se consigue superar la desidia de que las cosas sucedan por rutina.
3. Aumenta el sentimiento de pertenencia al grupo, la inclusión, sea familiar o asociativa, al constatar que actúo como los demás, que participo, que estoy conectado y vinculado a la actividad social.
La capacidad de decidir no se gasta ni se agota y se va perfeccionando con el tiempo a medida que la vamos ejerciendo. Es un importante ingrediente de la libertad. Desarrollar la capacidad de decidir es la manifestación del crecimiento y maduración personal, es la oportunidad de controlar y afrontar sus propias actividades, es la puerta de la vida independiente. Todas las personas con discapacidad, sean cuales sean las necesidades de apoyo que presenten, pueden decidir en aspectos concernientes a su vida. Esta capacidad de decidir la llamamos “autodeterminación”.
Recomiendo tener presente una idea que debería acompañar las relaciones que mantenemos con las personas con discapacidad: la capacidad de decidir se desarrolla durante toda la vida por su uso, por su utilización, por su práctica y se estanca por desuso, cuando la inhibimos, cuando abdicamos y dejamos que decidan por nosotros. Todos tenemos la oportunidad de fomentar la capacidad de decidir, porque está en juego el bienestar y la calidad de vida de la persona con discapacidad. Hay un viejo proverbio que dice: “solo nos arrepentiremos de aquello que no hemos hecho”.
Es un reto para este nuevo curso, después de una situación pandémica adversa que nos ha obligado a parar, recuperar lo que siempre hemos creído, que la autonomía personal no se improvisa, que la inclusión se hace día a día. No olvidemos que las personas llegamos, en parte, a ser lo que se espera de nosotros, por eso podemos favorecer o frenar la capacidad de decidir si facilitamos que puedan escoger teniendo en cuenta que no es lo mismo, a la hora de decidir, la situación del menor, del adolescente, del joven, del adulto o de la persona mayor. Pero en todos los casos siempre puedo hacer la misma pregunta: Qué prefieres, ¿esto o aquello? Tú decides